Recuerdos de Las barrancas del Cobre Chihuahua.
RECUERDO DE
LAS BARRANCAS DEL COBRE,
Chihuahua,
Mexico.
Escrito por
Adahi Peredo Atilano
Las Fotografias
de la naturaleza fueron tomadas por K. Fabiola Peredo Atilano, Las del Hotel Posada Divisadero fueron tomadas de paginas tutisticas.
El sol me desperto besando mis mejillas, su
calor bańo mi cuerpo cuando me levante y sali al balcon, al mismo tiempo la
frescura de la brisa vino a saludarme y sonrei ante la majestuosidad que tenia enfrente. Vi el cielo mas azul que haya sobre la
tierra. Unas aguilas volaban de una forma tan suave que por un momento su magia
me robo la conciencia y desapareci. Al despertar, el azul seguia ahi, pero el
fondo habia desaparecido. Me encontraba a 1880 metros de altura, en las Barrancas del
Cobre de la Sierra Tarahumara. En eso, una de las aguilas vino hacia mi
mirandome a los ojos, se poso muy cerca y en sus ellos pude ver la historia de
las Barrancas. “Era una piedrecita muy suave, casi insignificante, que por el poder de los dioses se extendio a
lo largo de kilometros y hasta casi alcanzar la posada de sus creadores”. En
ese momento me senti casi insignificante, pero cuando el aguila retomo el vuelo
y la vi alejarse comprendi que yo era el aguila y el aguila era yo, eramos una
misma, tan solo parte de tan asombrosa creacion…
Mas tarde y ya con la cabeza en la tierra me
reuni con mi familia en el restaurante del hotel donde nos hospedabamos: El
Posada Barrancas Mirador. El desayuno fue muy tradicional, huevos rancheros,
unas tortillas de maiz, un cafecito y una vista maravillosa que nos invitaba a
salir y encontrarnos con la naturaleza.
Al salir, ya nos esperaban los caballos
ensillados y nuestros guias Raramuris o tambien llamados Tarahumaras. Nos montamos y partimos al recorrido que el
Hotel ofrece a cada persona por su estadia.
Nuestra caravana familiar recorrio un buen tramo de la barranca del
Cobre, el sol nos iba mostrando el camino con su calurosa sonrisa, mientras
disfrutabamos de las hermosas vistas del “Divisadero”. Los caballos eran tan
amables como nuestros guias, podria jurar que hasta podian sonreir, su paso era
tan delicado, similar a estar sentado en una mecedora al aire libre. Los
caminos eran a ratos demasiado estrechos, nos sobresaltaba la altura y que
nuestros caballos fueran a tropezar; cosa que jamas ha pasado claro, pero para
nosotros, gente algo citadina, esto era una experiencia muy alejada de nuestra
realidad. Recorrimos zonas abiertas con
parajes deserticos y otras, llenas de
pinos y encinos gigantes que parecian
hablarnos, los rayos del sol se abrian camino entre sus hojas de modo que no
podia ver donde terminaban, alcanzamos a ver un venado de cola blanca y a penas
un coyote. De regreso decidimos jugar carreras!! Mi papa, quien hacia volar a
los caballos, llego primero, seguido de mi tio Hugo, mis primos y no digo mas…
al menos no perdi el sombrero!
Al regresar decidimos caminar todos juntos por
la calle principal del asentamiento Tarahumara, todo es de madera de pino por
lo que el aroma es muy agradable. Compramos muchas artesanias, desde joyas
hechas a mano por los Tarahumaras, hasta algunos adornos rusticos para la casa
del rancho. Vendian violines muy finos, tallados a mano y cuando le pedi al
artesano Raramuri que me tocara algo, no se nego, al contrario, me regalo una
melodia y una enorme sonrisa. Todos disfrutamos mucho el paseo descubriendo con
agrado y sorpresa la creatividad de la gente, su amabilidad, sus blancas
sonrisas y por increible que parezca, su facilidad para comunicarse con los
extranjeros. Los Tarahumaras hablan Raramuri, algunos de ellos tambien el
espańol, y hasta algunas frases completas en idiomas como frances, aleman, holandes e ingles.
Al final de esta calle empinada y de piedra se
llega a otro mirador, y es ahi donde disfrutamos de la comida mas sabrosa de la
que tengo memoria. Habia gorditas que las seńoras preparaban frente a mi, desde
la masa hasta los guisados. Elejimos cada uno el que nos parecio mas rico, para
mi el de “queso y chile chilaca”, compramos unas aguas frescas, habia de
horchata, de Jamaica y limonada. Yo tome de horchata, estaba tan fresca que aun
puedo sentir como me aliviaba el calor del sol y de la salsa picante! Varias
gorditas despues y cuando vimos el extraordinario atardecer ante nosotros,
decidimos regresar al hotel en el divisadero.
El gran sol se habia despedido con su meloso carińo, y en su lugar
aparecio una elegante y enorme luna. El azul del cielo, de ser perfecto paso a
ser casi negro, por lo que la redonda
dama resplandecia mas blanca que nunca entre un negro estrellado.
Nuestros sonrientes anfitriones llegaron con
sus violines, se acomodaron en una enorme y elegante terraza que da la mejor
vista de la barranca, nosotros ya estabamos ahi disfrutando del calor de una
fogata artificial, y del que produce el vino de Cerocahui, otros bebian
cervezas Indio, Tecate, Victoria… La musica emano de los violines y la fiesta
quedo oficialmente inagurada. Todos los presentes bailamos hasta que empezo a
amanecer, habia muchos holandeses, algunos franceses, dos alemanes y un grupo
de canadienses, pero en la fiesta todos pareciamos uno y no habia idiomas
porque todos nos entendiamos.
Dos dias despues partimos en el tren, “El
CHEPE”. Este era el inicio de nuestro recorrido al Pacifico, hasta Los Mochis,
ya no en el estado de Chihuahua, sino en Sinaloa.
Fotografias usadas con
el consentimiento de Karla Fabiola Peredo Atilano.
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